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Como sucedió en agosto durante la guerra en Georgia, Europa recibió el impacto de la crisis financiera desunida y carente de ins-tituciones capaces de marcar líneas de gestión para sus 27 miembros y sin que al día de hoy conozcan bien las consecuencias futuras de una recesión anunciada.
Los primeros días tras la debacle estadounidense estuvieron marcados por la opacidad de los bancos, aunque pronto fueron co-nociéndose los perfiles del problema y cómo la crisis se trasladaba a Europa. Empezó España, donde la quiebra de Lehman Brot-hers afectó a la mayoría de las entidades bancarias. Siguieron Alemania y los Países Bajos.
Desde los primeros días de septiembre empezó el pánico a escala europea con la caída de bancos como fichas de dominó. Sin normas claras, cada Estado empezó a apuntalar sus instituciones. Bélgica, Holanda y Luxemburgo nacionalizaron de emergencia su primer banco, Fortis, que perdió miles de millones de euros en la compra de hipotecas estadounidenses de alto riesgo y asumiendo inversiones equivocadas. Siguieron Dexia (Francia y Bélgica); Bradford&Bingley (Reino Unido); Hypo Real Estate (Alemania); Ros-kilde Bank (Dinamarca); Glitni (Islandia)... Fueron días de zozobra en los que cada país echaba por su lado.
La Unión Europea no podía responder a la crisis como Estados Unidos, ya que dista mucho de ser un Estado federal y su Banco Central no ejerce tareas de gobierno económico. No existe un contribuyente europeo ni una autoridad económica real.
La falta de cohesión europea se refleja también en el hecho de que la moneda común, el euro, sigue sin ser aceptada por todos los países. Tanto el Reino Unido como los estados nórdicos siguen con sus propias monedas. El caso de Islandia, duramente castigado por la crisis, es peculiar: hace meses que pidieron entrar en el euro, pero no pertenecen a la Unión Europea.
Otra de las consecuencias de la tormenta ha sido la ruptura del eje franco-alemán como motor de la Unión, con el enfrentamiento entre los dirigentes de ambos países. El presidente de la UE, Nicolás Sarkozy, se movió desde el principio para afirmar su liderazgo y proponer acuerdos, mientras la canciller alemana Ángela Merkel iba oponiéndose férreamente a sus propuestas y sobre todo a la creación de un fondo común europeo para “atender situaciones de emergencia”, con lo cual arruinó las primeras propuestas de res-puesta europea a la crisis.
En Europa recordaban al creador de la Europa política, Jean Monet, cuando propuso en 1950 la Comunidad del Carbón y del Acero (germen de la UE). Lo hizo con la intención expresa de que sus fundadores, Alemania y Francia, no volvieran a declararse la guerra. Pero ha regresado la antipatía mutua aunque sin ánimo bélico.
Lo que se impuso desde el comienzo fue un “sálvese quien pueda”. Pero lo cierto es que los estados de Europa nunca han tenido interés en ponerse de acuerdo para armonizar sus sistemas, e incluso se resisten a intercambiar información.
El pistoletazo de salida para la demolición de parte del andamiaje normativo de la Unión lo dio el Gobierno irlandés, garantizan-do la totalidad de los depósitos en los bancos. Una medida que dinamitaba el sistema europeo basado en fondos de garantía limitados. Alemania criticó duramente la iniciativa, pero la adoptó rápidamente y decretó el respaldo del ciento por ciento de los depósitos.
La propuesta Brown
En la práctica, un ahorrador español o británico, cuyos gobiernos garantizan sus fondos hasta una determinada cantidad, se sentirá mucho más seguro trasladando sus cuentas a un banco alemán o irlandés que le garantiza la totalidad de sus ahorros. Así se ha abierto un flujo de “capitales temerosos” que descapitaliza a unos para reforzar a otros.
Después de varias semanas perdidas, la primera iniciativa para llegar a un acuerdo a escala europea ha llegado, paradójica-mente, de un país tan euroescéptico como Gran Bretaña. Su primer ministro, Gordon Brown, ha rescatado la solución que apli-có Suecia para hacer frente a la crisis que sufrió a comienzos de los años 90, cuando el Gobierno asumió la casi totalidad de su sistema financiero y mantuvo un estricto control público hasta que volvió la normalidad, acabando con las trampas y las “inge-nierías” que habían provocado la catástrofe.
Brown desarrolló la propuesta y empezó a aplicarla en Gran Bretaña, como alternativa al Plan Paulson, que en Estados Unidos empezó a gastar ingente dinero público en comprar activos tóxicos sin intervenir en el sistema.
La alternativa del premier británico de emplear el dinero público en una “seminacionalización” refuerza el capital nuclear de la banca, convierte en dinero líquido los activos sanos (que el mercado no acepta por falta de confianza) y da acceso a financiación garantiza-da por el Estado a corto y mediano plazo. Como contrapartida de la operación, que sólo en Gran Bretaña ha implicado la disposición de 550 mil millones de euros, está la imposición de control y transparencia a las instituciones, para que el contribuyente esté infor-mado y recupere lo aportado cuando llegue el momento.
La propuesta, presentada por el propio Brown a los 15 países europeos de la “zona euro”, fue acogida favorablemente y se va a tras-ladar al resto de Europa, con lo cual se suspende gran parte de la normativa europea sobre la competencia. El flamante Nobel de Economía, Paul Krugman, la saludó efusivo: “Gordon lo ha hecho bien”.
Alemania ha decidido dedicar €500 mil millones de euros para estabilizar sus mercados con una Ley de rescate en la línea Brown. Francia destinará €500 mil millones para no permitir la quiebra de los bancos. Los que caigan en bancarrota serán rescatados por el Estado, que entrará en el capital e intervendrá en los nombramientos de directivos. Una vez reflotados, los pondrá de nuevo en el mercado y recuperará lo invertido. En definitiva, medidas avanzadas pero aisladas y en función de la potencia de cada Estado.
El temor de muchos analistas es que todas estas medidas lleguen tarde y que el impacto de la crisis sobre la economía real sea tan negativo como irreversible. El propio comisario europeo de Asuntos Económicos, Joaquín Almunia, ha destacado la falta de cohesión europea ante la crisis, y advierte que “se desconoce cuándo se pueda salir de esta situación complicada e incierta”, y anticipa un impacto negativo sobre el futuro de la producción y el empleo.
El diario conservador británico Financial Times advertuió en un editorial, que el mundo de las finanzas debe preocuparse por la esfe-ra productiva: “Un sector financiero que no se compromete con la economía real no vale la pena ser salvado”.
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